Ocho de la mañana. Se oye el crujido del picaporte de la puerta abrirse cuidadosamente. Sin percibir un ápice de luz siento cómo mis sábanas se deslizan lentamente hacia abajo. Murmuran algo que no entiendo. Murmuro algo que no entiendo. Aparece Torrebruno cantando (aclaración: he retomado mi sueño). Unos minutitos. Vuelvo a la vida real. Sigo tumbada en la cama, pero mi madre con todo su amor me tiene casi vestida. Yo me limito a levantar el culo un poquito para que me suban la falda del cole. Lo agradezco mucho.
Ocho y cuatro de la mañana. Estoy en la cocina, ColaCao en mano (¡ni Nesquick ni Cacaolat ni nada, ColaCao!).
Ocho y once de la mañana. Ya estoy con los dientes como perlas casi toda acicalada (aunque esta vez no voy a conquistar a nadie).
Ocho y doce de la mañana. ¡Toma! Ya tengo el ColaCao en sangre y me ha dado energía para comenzar el día con… ¡chispa! Con el azuquítar que ha llegado a mi mente, ésta se me ilumina y me dirijo diligente a ponerle la guinda al pastel. Tomo por banda el preciado regalo de cumpleaños que rematará la faena que mamá dejó a medias hace seis minutos. Se trata de la colonia que a todo personaje de mi generación ha debido acompañarle en sus momentos importantes, como el primer viaje en tranvía… (chófer, dale voz)
Pero cuando me dispongo a regarme se me ilumina la mente por segunda vez. No hay nada como la curiosidad, ir por ahí con una ceja levantada escudriñando el mundo y queriendo investigarlo todo. ¡Benditos cinco años, tierna infancia, etapa de la vida en que aflora este espíritu descubridor y aventurero!
En mi afán por conocer más y más, mi mente científica supera a mi lado de muñequita perfumada, y me pregunto cómo saldrá la preciada colonia Chispas (“tu primera colonia”) a través del pulverizador. Uno de esos misterios de la vida que tanto nos inquieta a todos. Sin pensarlo dos veces (eso seguro), posiciono el bote de colonia Chispas (“tu primera colonia”) frente a mí, sobre la mesa junto a la ventana para tener buena perspectiva y mejor luz. No quiero perder detalle. Flexiono ligeramente las rodillas para crear una línea horizontal “agujerito del pulverizador-retina”. El pitido de un coche fuera esperando para llevarme al cole me inquieta y aumenta mi curiosidad. Me apresuro a llevar a cabo mi misión. Llegó el momento de la verdad. Pequeñas gotitas, habéis guardado vuestro secreto durante mucho tiempo, pero ha llegado una mente brillante para destripar vuestro plan de huída. Sin moverme un centímetro presiono decidida el pulverizador. Sí, ahí salen, ingenuas, en estampida luchando unas contra otras para hallar la libertad, seguras de su éxito. Las veo a cámara lenta como burbujas iluminadas con colores del arcoiris, esferas perfectas expandiéndose a través del aire perfumado, mientras en mi cabeza suena una alegre melodía “tu primeros aplausos, tu primer trabajo, qué duro es…”. Puro estallido sensorial.
Una vez más en mi vida, el tiempo se detiene. Empiezo a ser consciente de mi torrija, de mi gran error, pero ya es demasiado tarde… Llegan, llegan… ¡DIOS MIOOO! ¡CHISPAS NO, LO QUE VEO SON ESTRELLAS! Ahora sí, puro estallido sensorial. Mi curiosidad ha quedado satisfecha. Para siempre.
Mi último recurso es llamar desesperada a mamá y vivir el momento Carmen Maura al borde de un ataque de nervios con el ojo bajo el grifo cuando le tiran un gazpacho a la cara… Hoy llegaré tarde al cole.
Y a día de hoy, a pesar de todo, la querida Chispas (tu primera colonia, y última) sigue entre nosotros, recordándome tan desagradable desencuentro, pues mi padre se dedica a reutilizar el bote para llenarlo con su propia colonia tras años y años. Por lo visto tiene un pulverizador muy efectivo.
Así que ahí va la moraleja: si empiezas el día con chispa, ten cuidado, no vaya a ser que te quemes.
Y si os ha gustado, muchas chispas. De nada.
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