¡Ahí va, qué labiazos!

13 02 2009

Pasaron tantos y tantos años mientras yo anhelaba llegar a la edad adulta para poder usar los tacones de vértigo de mamá (bueno, en realidad ella siempre usaba manoletinas, pero me habría encantado que fueran tacones rojos de charol), los pintalabios color fresón de Palos y el Rimmel que potenciaría mi penetrante mirada…pasaron tantos y tantos años en que me imaginaba siendo la secretaria ideal tecleando una Olivetti bajo unas uñas de brillo perfecto…para que después de tanto tiempo llegara a traicionarme a mí misma, pues nunca fui lo que se dice la imagen de la feminidad.

A pesar de todo, siempre ha habido momentos en mi vida en los que en mi cabeza ha sonado una vocecita: “toc, toc…holaaaa… ¿estás ahí…? Soy la mujer que llevas dentro. Aún no lo sabes, pero tenemos mucho de qué hablar…”. Esa tímida voz que ha llegado a asustarme incluso más que la que llegó a gritos haciéndose llamar la menstruación. Pero esa es otra historia.

Como decía, cuando esa voz ha sonado en mi interior en lugar de ignorarla he solido responderle amablemente, al menos por unos minutos. Al día siguiente me olvidaba de ella. Pero no mi cartera… A pesar de mi pobre economía de estudiante me lanzaba a la droguería/body-shop más cercana a dejarme los durillos en una dosis de mujer. Ese día iba en busca de un pintalabios (o un lipstick, para las que entendemos del tema) color pastel rosado (rosed cake) tan acorde con mi tono de piel. El ay,liner lo dejaría para otro día. Entré decidida meneando mis caderas de la mejor manera que sé. Y echando el pelo de mi flequillo hacia atrás con un hábil movimiento de cabeza le pedí consejo a la dependienta. Aún no sé si tenía ganas de pasárselo bien o sólo intentaba hacer su trabajo, pero me mostró una nueva gama denominada “SUPER-SEXY”. (…) Aparentemente aumentaba el volumen de los labios gracias a un incremento del flujo sanguíneo. Y dicho esto me dejó sola con mis cavilaciones: “Oye, pues no me vendría mal una tallita más de labios”. “Y esta marca, es de confianza, ¿no?”. “Y se llama súper-sexy…eso tiene que querer decir algo”. Decidido. Probé en el dorso de la manita como yo había visto hacer a otras mujeres de mi talla hasta dar con el color adecuado. Lo que no me había contado mi vocecita de la feminidad es que en las tiendas los colores en la manita son unos…y en casa son otros.

Al llegar la noche estando yo deseosa de ponerme mi barra nueva para romper, tomo por banda la susodicha y me la aplico suavemente frotando una y otra vez los labios uno contra otro hasta que hacen “pop”. Y ya no hay stop. Ahí estaba yo. La más picante de todos los bares. Pero, oh, vida cruel, no porque fuera la más sexy, sino porque de mis labios emanaba un escozor picante que al parecer era el que producía el aumento de volumen de los labios por un sofisticado sistema de irritación. ¡Qué gran mente creadora detrás de esa barra! Sin comentarios el color que escogí con tanta dedicación. Porque el rosa, palo, palo, no era. Más bien un poquito verbenero.

ahivaquelabiazos

Y hoy me he acordado de esa seductora barra porque ha tocado sesión de maquillaje (sola en casa, para ver si aprendo), he rebuscado en mi vieja y reducida “bolsita de aseo para maquillaje” y me he reencontrado con ella. La que hizo de mí una mujer en la noche. Y resulta que es como los buenos vinos, gana con los años, porque la he probado y ahora los labios se me hinchan mucho más.

Total, que al final mis intentos de feminizarme son un poco un fracaso. Que para ser sensual no hay nada como la naturalidad. Ni carmín en los labios, ni sufrimiento ni nada. Ni los camareros me echaban cuenta aquella noche cuando les pedía una cerveza. Con aquellos labios… nada que hacer.





Para empezar el día con chispa!

13 01 2009

Ocho de la mañana. Se oye el crujido del picaporte de la puerta abrirse cuidadosamente. Sin percibir un ápice de luz siento cómo mis sábanas se deslizan lentamente hacia abajo. Murmuran algo que no entiendo. Murmuro algo que no entiendo. Aparece Torrebruno cantando (aclaración: he retomado mi sueño). Unos minutitos. Vuelvo a la vida real. Sigo tumbada en la cama, pero mi madre con todo su amor me tiene casi vestida. Yo me limito a levantar el culo un poquito para que me suban la falda del cole. Lo agradezco mucho.

Ocho y cuatro de la mañana. Estoy en la cocina, ColaCao en mano (¡ni Nesquick ni Cacaolat ni nada, ColaCao!).

Ocho y once de la mañana. Ya estoy con los dientes como perlas casi toda acicalada (aunque esta vez no voy a conquistar a nadie).

Ocho y doce de la mañana. ¡Toma! Ya tengo el ColaCao en sangre y me ha dado energía para comenzar el día con… ¡chispa! Con el azuquítar que ha llegado a mi mente, ésta se me ilumina y me dirijo diligente a ponerle la guinda al pastel. Tomo por banda el preciado regalo de cumpleaños que rematará la faena que mamá dejó a medias hace seis minutos. Se trata de la colonia que a todo personaje de mi generación ha debido acompañarle en sus momentos importantes, como el primer viaje en tranvía… (chófer, dale voz)

Pero cuando me dispongo a regarme se me ilumina la mente por segunda vez. No hay nada como la curiosidad, ir por ahí con una ceja levantada escudriñando el mundo y queriendo investigarlo todo. ¡Benditos cinco años, tierna infancia, etapa de la vida en que aflora este espíritu descubridor y aventurero!

En mi afán por conocer más y más, mi mente científica supera a mi lado de muñequita perfumada, y me pregunto cómo saldrá la preciada colonia Chispas (“tu primera colonia”) a través del pulverizador. Uno de esos misterios de la vida que tanto nos inquieta a todos. Sin pensarlo dos veces (eso seguro), posiciono el bote de colonia Chispas (“tu primera colonia”) frente a mí, sobre la mesa junto a la ventana para tener buena perspectiva y mejor luz. No quiero perder detalle. Flexiono ligeramente las rodillas para crear una línea horizontal “agujerito del pulverizador-retina”. El pitido de un coche fuera esperando para llevarme al cole me inquieta y aumenta mi curiosidad. Me apresuro a llevar a cabo mi misión. Llegó el momento de la verdad. Pequeñas gotitas, habéis guardado vuestro secreto durante mucho tiempo, pero ha llegado una mente brillante para destripar vuestro plan de huída. Sin moverme un centímetro presiono decidida el pulverizador. Sí, ahí salen, ingenuas, en estampida luchando unas contra otras para hallar la libertad, seguras de su éxito. Las veo a cámara lenta como burbujas iluminadas con colores del arcoiris, esferas perfectas expandiéndose a través del aire perfumado, mientras en mi cabeza suena una alegre melodía “tu primeros aplausos, tu primer trabajo, qué duro es…”. Puro estallido sensorial.

Una vez más en mi vida, el tiempo se detiene. Empiezo a ser consciente de mi torrija, de mi gran error, pero ya es demasiado tarde… Llegan, llegan… ¡DIOS MIOOO! ¡CHISPAS NO, LO QUE VEO SON ESTRELLAS! Ahora sí, puro estallido sensorial. Mi curiosidad ha quedado satisfecha. Para siempre.

Mi último recurso es llamar desesperada a mamá y vivir el momento Carmen Maura al borde de un ataque de nervios con el ojo bajo el grifo cuando le tiran un gazpacho a la cara… Hoy llegaré tarde al cole.

Y a día de hoy, a pesar de todo, la querida Chispas (tu primera colonia, y última) sigue entre nosotros, recordándome tan desagradable desencuentro, pues mi padre se dedica a reutilizar el bote para llenarlo con su propia colonia tras años y años. Por lo visto tiene un pulverizador muy efectivo.

Así que ahí va la moraleja: si empiezas el día con chispa, ten cuidado, no vaya a ser que te quemes.

Y si os ha gustado, muchas chispas. De nada.





Apuntando maneras

24 12 2008

¡En qué momento vienes a mi memoria, pequeño Ícaro! Disfrutando de un paseíto por mis peculiares recuerdos me he topado contigo. Me he visto transportada a mi dulce niñez entre algodones de azúcar, caramelitos de anís, heridas secas en las rodillas, mi abuela sonándome la nariz a la orilla de la playa y Sabrina con su Boys boys boys (a quién no le impactó). Pero sin más dilación procederé a contar tu relato.

Rondando mi séptimo año de inocencia un día comenzó a asaltarme un tormentoso sentimiento que me indicaba que me aproximaba a mi edad adulta (los ocho años, nunca fui más allá). Sentía la necesidad imperiosa de llamar tu atención, de que dirigieses tu mirada coronada por tan gracioso flequillo-remolino hacia mí y a que me dedicaras una traviesa sonrisa asomando esa paletilla rota tan sexy. Qué paleta…siempre fuiste un tipo duro.

Ahogada en mi pozo de agonía decidí recurrir a mi hermana mayor. Sus 11 años de experiencia con los hombres y la vida no podían defraudarme. Ella tenía grandes armas de mujer, tales como echar una mirada desafiante hacia atrás cuando se alejaba de una de sus víctimas o dejar caer un sugerente “efestivi wonder”. Tras un día agotador de cole para sacar a mi familia adelante me sentó en el diván para abrirme los ojos. Me ofreció la solución que, sin duda, me llevaría al éxito: regalarle un ramo de florecitas silvestres ¡Cómo no se me había ocurrido antes! ¿Cómo la evidencia había pasado así ante mí? Las recogería esa misma tarde y a la mañana siguiente las dejaría bajo su pupitre. No había duda. Éxito seguro.macarenita-e-icaro

Dicho y hecho. Allá fuimos mi hermana y yo a recoger jaramagos (gran escritor), más conocidos como conejitos y porque se chuchurren al ratito de arrancarlos (…). Yo feliz por mi atrevimiento -y tanto- , mi hermana feliz por su afán de ayudar y hacer el bien -o eso creía ella-.

Esa criatura que llega al colegio por la mañana más temprano que nadie con las legañas trepando por el lacrimal y con un ramo de lustrosos conejitos escondidos en la mochila, para que recobren la poca vida que les queda. Entra furtiva en la clase vacía y se agazapa bajo el pupitre de Ícaro buscando un punto estratégico donde colocar su cebo. Toda rebosante de ilusión, con las esperanzas puestas en la tan comentada sabiduría de su hermana que ya iba destinada a ser periodista. Visualizando el gran momento de compartir una piruleta en la rama más alta de su cabaña con el amor de sus amores.

Esa clase que se llena de niños chillando. Una servidora que se coloca corriendo en su puesto. Esa media paleta que entra en escena. La pequeña criatura que se muerde el labio con los ojos como platos a pesar de las legañas. ¡Alto! ¡Los conejitos han sido descubiertos! El tiempo se para. Pero el corazoncito bombea más y más aprisa al ver cómo la presa sonríe triunfante ante tan inesperado obsequio: “Pero, y ¿esto ande ha salío?”. El público vibra. Expectación. Y el pícaro de Ícaro que gira su cabeza a su alrededor, se le ilumina la bombilla y se va derechito hasta Lucía (la más guapa de la clase, claro) a darle el ramo, aún más triunfante que antes, con todo su garbo. Y yo que me quiero morir en el campo de conejitos. Y para arreglarlo empieza la clase de lengua.

¡¿PERO NO ES ESTO LAMENTABLE?!!! ¿Por qué la vida golpea tan fuerte? ¿Qué es lo que pasa por la cabeza de un hombre o, mejor dicho, qué es lo que no pasa? Bueno, no hay que dramatizar. El único dedito que urgó en la llaga fue el ver cuando salía de clase cabizbaja el ramo que había reunido con tanto esmero ya pisoteado en el suelo. ¡Pero qué simbólico! En fin, gracias, hermana… porque me has hecho más fuerte.

Bueno, pues esta es la historia de cuando comencé a mostrar mis dotes de seductora. Desde entonces ha sido un no parar. Y es que de todo se aprende. Aunque he de decir que el hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra. Así que volví a presentarme, muchos años más tarde, con un gran ramo de margaritas naranjas ante otro hombre con todos sus dientes. Eso sí, esta vez acompañado por una botella de champán. Con la suerte de que las flores le encantaron, pero el champán no. Así que me tuve que pimplar yo la botella entera. ¡Eso sí es un plan con éxito!

Hasta luego, corazones

que os jartéis de polvorones